Por Catholic News Service

LUBBOCK, Texas (CNS) — El 9 de julio de 2007, mientras descargaba comestibles en su garaje, Don McCullough notó a un joven que se apresuraba a lo largo de la acera y sudando en el día caliente. McCullough lo llamó y ofreció al desconocido una botella de agua que llevaba en su bolsa de comestibles.
Alonzo Lewis tomó el agua, se fue y entonces regresó. Él le robó y mató a McCullough, apuñalando más de 30 veces al coronel jubilado de la Fuerza Aérea de 73 años de edad.
La esposa de McCullough, Margaret Mary, escuchó la conmoción y llamó el 911. Cuando Lewis, ahora con 27 años de edad, fue arrestado en su lugar de trabajo, teniendo alguna de la propiedad de McCullough, los medios locales reportaron extenso choque emocional e indignación.
Más de dos años más tarde, Margaret Mary McCullough confrontó al asesino de su esposo y la historia, una vez más, causó alboroto. Esta vez, sin embargo, no era choque emocional e indignación. Era asombro y maravilla. Ella le dijo a Lewis que lo había perdonado.
Lewis se declaró culpable y a mediados de septiembre fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. El procurador criminal de distrito del condado Lubbock, Matt Powell, le ofreció el trato después de hablar con la familia de McCullough.
Don y Margaret Mary McCullough estaban “entre los católicos más devotos y activos de la diócesis de Lubbock”, dijo el diácono Leroy Behnke, director diocesano de comunicaciones. “Además de servir en prácticamente todo ministerio y en prácticamente todo comité en su parroquia hogar, Don McCullough tuvo la distinción de servir como el primer presidente del Consejo Pastoral Diocesano. He escuchado a varios personas decir que fue el compromiso de corazón de Don con las obras corporales de misericordia lo que produjo su, en sus palabras, ‘martirio’”.
En septiembre pasado padre Jerry Kenney, pastor de St. John Neumann en Lubbock, y líderes parroquiales invitaron al obispo Plácido Rodríguez, de Lubbock, a presidir una ceremonia de dedicación del Centro Educativo Don McCullough, nueva adición de salones de clases a sus instalaciones eclesiásticas.
Después de enterarse de la amabilidad que ella le extendió al asesino de su esposo, el obispo Rodríguez le escribió una carta a Margaret Mary McCullough agradeciéndole el testimonio dado por su familia.